Hay vida allí, sí señoras y señores, la hay.
Y si encima en tu patria tropical hay crisis y un hastío general que ya me entra sueño de sólo recordarlo, pues tienes que liarte la manta y te vas para el norte.
Y tienes que superar sí o sí ese estado mental tan Mediterráneo de buscar rayos de sol a cualquier hora o tener antojos de comida sabrosa. Olvídate, estás en otras latitudes. Empieza a registrar en tu cabeza mil millones de sabores de patatas fritas y cervezas. Abraza la fritanga, que está ahí instalada para cebar buenos culos resistentes al invierno. Y el sol, pues cuando se tercie.
Eso sí, confío en que a dos grados el cutis se somete a un efecto bótox gratuito y vuelves el reloj diez años atrás. Y todos tan contentos.
Así que al final ni tan mal. Vuelves a tener 20 años, todo está rebozado y la vida por reinventar.
En eso estamos. Y como ya ni me acordaba del champán rosa, porque ahora me he tirado a los litros de cerveza locales, pues he hecho este micro retorno para celebrar que en el 2014 seguimos dando guerra.
Espero que sigáis burbujeantes a 18 grados nacionales. Chin chin.
lunes, 27 de enero de 2014
lunes, 6 de mayo de 2013
Cuando digo que sí, hago que no
Me tiene fascinada la naturaleza humana. Si vives como un robot de cocina programado, vas tan acelerado/a que tu única duda sea quizás por qué la gente tiene cara de merluza por la mañana y se acumulan como sepias congeladas en los autobuses, embarcados en un día con rumbo a tareas sin fin.
Por el contrario, si tienes más tiempo libre, y en concreto tienes que escribir un ensayo, siempre acuden a tu mente mil preguntas que eclipsan tu verdadera misión.
Llevo retrasando la tarea unas cuantas horas. La pregunta que más me inquieta por el momento es: si he elgido estudiar esto, ¿por qué no lo hago? Me interesan más las recetas de lasañas vegetarianas que el plano medio. O bien me dedico a buscar tatuajes de superhéroes para confirmar la locura pasajera de unos cuantos. De verdad, ¿por qué nuestra voluntad es inferior a la de un mosquito urbano o tropical? No lo sé.
Me perturba la facilidad con que gira nuestra cabeza veleta y se pierde por la estratosfera.
Así que después de auto terapizarme, ver fotos de Viggo Mortensen tatuado con cruces y observar cómo se frota el ojo la chica que está sentada enfrente mío, lo voy a hacer.
Voy a escribir eso que he estado masticando, soñando y duchando con evasión.
Lo sé, es lunes. Quizás esa sea la verdadera piedra en el zapato.
Por el contrario, si tienes más tiempo libre, y en concreto tienes que escribir un ensayo, siempre acuden a tu mente mil preguntas que eclipsan tu verdadera misión.
Llevo retrasando la tarea unas cuantas horas. La pregunta que más me inquieta por el momento es: si he elgido estudiar esto, ¿por qué no lo hago? Me interesan más las recetas de lasañas vegetarianas que el plano medio. O bien me dedico a buscar tatuajes de superhéroes para confirmar la locura pasajera de unos cuantos. De verdad, ¿por qué nuestra voluntad es inferior a la de un mosquito urbano o tropical? No lo sé.
Me perturba la facilidad con que gira nuestra cabeza veleta y se pierde por la estratosfera.
Así que después de auto terapizarme, ver fotos de Viggo Mortensen tatuado con cruces y observar cómo se frota el ojo la chica que está sentada enfrente mío, lo voy a hacer.
Voy a escribir eso que he estado masticando, soñando y duchando con evasión.
Lo sé, es lunes. Quizás esa sea la verdadera piedra en el zapato.
martes, 30 de abril de 2013
El deseo de no trascender
Tengo que escribir un sesudo ensayo sobre la influencia de una directora danesa en mi propio documental. Que si tal, que si cual, la influencia de la naturaleza, sincronías, primeros planos hipnóticos...Y yo pienso, ¿ahora mismo qué me importa todo esto? Me tomo un café a cámara lenta y me pongo existencial. La vida se acerca más a revolcarse en la hierba sin reloj. A decirle en la cara a alguien que te importa, a cantar en la ducha, a dormir al ras. Es eso más bien. También es mayonesa y ensaladilla rusa, pero la cabra tira más hacia el monte.
He estado tres días perdida en una península sin cobertura y casi sin electricidad. Comiendo hamburguesas de venado y tomando sidra. Hablando con personas que llevaban ponchos y chirucas. y sí, todo es muy nephippy y parecía el rodaje de La casa de la pradera versión 2013, pero todo el mundo reconocía que era muy agradable.
Y así conocí a un tío que vivía en una ambulancia y alimenta salmones en una granja debajo del mar. Y estaba encantado con la idea de no pagar alquiler y despertar cada día en un playa con vistas al fin del mundo. Y a otro que construye plantas eoólicas en alta mar, por Singapur y alrededores. Y a un submarinista pescador de vieiras. No sé, todo era como una gran opereta con banjos y gaitas de fondo, donde la gente te miraba de frente y quería saber qué hacías y por qué. E insistía en rellenarte de sidra también.
Ahora de vuelta, enjaulada en una biblioteca con vasos desechables elevo el recuerdo al cubo y pienso, civilización, no cuentes conmigo. Es lo de siempre, libre pero atada, civilizada pero sin zapatos. En fin, lo de cada martes. Las elecciones están para ser tomadas.
He estado tres días perdida en una península sin cobertura y casi sin electricidad. Comiendo hamburguesas de venado y tomando sidra. Hablando con personas que llevaban ponchos y chirucas. y sí, todo es muy nephippy y parecía el rodaje de La casa de la pradera versión 2013, pero todo el mundo reconocía que era muy agradable.
Y así conocí a un tío que vivía en una ambulancia y alimenta salmones en una granja debajo del mar. Y estaba encantado con la idea de no pagar alquiler y despertar cada día en un playa con vistas al fin del mundo. Y a otro que construye plantas eoólicas en alta mar, por Singapur y alrededores. Y a un submarinista pescador de vieiras. No sé, todo era como una gran opereta con banjos y gaitas de fondo, donde la gente te miraba de frente y quería saber qué hacías y por qué. E insistía en rellenarte de sidra también.
Ahora de vuelta, enjaulada en una biblioteca con vasos desechables elevo el recuerdo al cubo y pienso, civilización, no cuentes conmigo. Es lo de siempre, libre pero atada, civilizada pero sin zapatos. En fin, lo de cada martes. Las elecciones están para ser tomadas.
jueves, 18 de abril de 2013
El estigma de la vagancia: ya voy.
Seguramente todo era para ayer, pero en mi mente era para mañana. O pasado. ¿No es cierto que el tiempo no existe, que todo es un flujo continuo de devenir en el tiempo y en el espacio?
Desde que Eva se comió la manzana, el Diazepán o vete tú a saber si en realidad fue una coliflor, los humanos tenemos que luchar, ese es el verbo, para aplicarnos en nuestras tareas.
Yo no sé si es la primavera, los cambios de estación o de ropa interior pero me siento muy perraza. Me tiraría al suelo y ahí me quedaría. Me podría pasar por encima con una aspiradora y ni me movería. En serio. Máxima inmovilidad.
Entonces, antes de mirarme hacia mí misma y decirme: trabaja o comerás una coliflor bíblica, me pongo a mirar abrigos para un amigo, que tiene una chaqueta horrible y he prometido quemarla al menor plazo posible. Hombres solos en tiendas es una mala combinación.
Me meto en unas webs americanas llenas de hombre apolíneos con chaquetas perfectamente cortadas y me paso la mañana tan ricamente. Hasta que me acuerdo que yo en realidad estaba aquí para transcribir unas entrevistas. Y me cago en mí, así lo entendemos todos rápido, porque me cuesta arrastrar mi cerebro y cuerpo hacia la pantalla y ponerme a repiquetear frases y acciones.
Somos tan frágiles y vulnerables por disposición natural...No sé qué ponerme como cebo, porque hasta eso me cuesta imaginar. En fin, después de vomitralo todo ahora, creo que lo haré. Ya voy. Ya.
Desde que Eva se comió la manzana, el Diazepán o vete tú a saber si en realidad fue una coliflor, los humanos tenemos que luchar, ese es el verbo, para aplicarnos en nuestras tareas.
Yo no sé si es la primavera, los cambios de estación o de ropa interior pero me siento muy perraza. Me tiraría al suelo y ahí me quedaría. Me podría pasar por encima con una aspiradora y ni me movería. En serio. Máxima inmovilidad.
Entonces, antes de mirarme hacia mí misma y decirme: trabaja o comerás una coliflor bíblica, me pongo a mirar abrigos para un amigo, que tiene una chaqueta horrible y he prometido quemarla al menor plazo posible. Hombres solos en tiendas es una mala combinación.
Me meto en unas webs americanas llenas de hombre apolíneos con chaquetas perfectamente cortadas y me paso la mañana tan ricamente. Hasta que me acuerdo que yo en realidad estaba aquí para transcribir unas entrevistas. Y me cago en mí, así lo entendemos todos rápido, porque me cuesta arrastrar mi cerebro y cuerpo hacia la pantalla y ponerme a repiquetear frases y acciones.
Somos tan frágiles y vulnerables por disposición natural...No sé qué ponerme como cebo, porque hasta eso me cuesta imaginar. En fin, después de vomitralo todo ahora, creo que lo haré. Ya voy. Ya.
jueves, 21 de marzo de 2013
De mí a mí: amor unidireccional
Mi pregunta es la siguiente: ¿Tiene que venir una marca como Coca Cola para recordarnos lo importante que es la felicidad e incluso organizar unas jornadas sobre el tema? (pasó en 2011, cuando las marcas nadaban todavía en la abundancia del consumo hedonista).
No queridos. Ni las marcas que prometen sonrisitas con ojos orientales llenos de zen ni las buenas intenciones de los gobernadores de Bután, inclinados a pensar que celebrar el día mundial de la felicidad (ayer) va a generar un poco más esa efímera sensación os van a embarcar a ese deseado destino.
He estado alejada de nuestra cocktelería favorita donde sirven champán rosa por los siguientes motivos: trabajo y cuidados intensivos de mí misma. A ver queridos, ¿cuándo fue la última vez que os lo permitísteis? Más bien, ¿cuándo fue la última vez que os aparcasteis en un bar, mirasteis el techo y dijisteis "todo está bien". Y os comisteis el bocadillo más hermoso y caro y la cerveza más fría y mmm. Y de rebote recuperaste a ese amigo perdido en la tierra de las Blackberries y acabaste organizando una fiesta de por fin es viernes, por decir algo, teniendo sólo un limón en la nevera.
Así es. Abundancia y cuidados a uno mismo. Aparquen la vara, el teléfono móvil inmovilizador y las fotos del Hola de millonarias eslavas que reposan sus manicuras en bidettes recubiertos de oro.
No es eso lo que necesitamos, más bien buscamos: cariño, cuidados, cuatro risas y algo que lleve jamón ibérico dentro. Y si hace sol, mejor.
No queridos. Ni las marcas que prometen sonrisitas con ojos orientales llenos de zen ni las buenas intenciones de los gobernadores de Bután, inclinados a pensar que celebrar el día mundial de la felicidad (ayer) va a generar un poco más esa efímera sensación os van a embarcar a ese deseado destino.
He estado alejada de nuestra cocktelería favorita donde sirven champán rosa por los siguientes motivos: trabajo y cuidados intensivos de mí misma. A ver queridos, ¿cuándo fue la última vez que os lo permitísteis? Más bien, ¿cuándo fue la última vez que os aparcasteis en un bar, mirasteis el techo y dijisteis "todo está bien". Y os comisteis el bocadillo más hermoso y caro y la cerveza más fría y mmm. Y de rebote recuperaste a ese amigo perdido en la tierra de las Blackberries y acabaste organizando una fiesta de por fin es viernes, por decir algo, teniendo sólo un limón en la nevera.
Así es. Abundancia y cuidados a uno mismo. Aparquen la vara, el teléfono móvil inmovilizador y las fotos del Hola de millonarias eslavas que reposan sus manicuras en bidettes recubiertos de oro.
No es eso lo que necesitamos, más bien buscamos: cariño, cuidados, cuatro risas y algo que lleve jamón ibérico dentro. Y si hace sol, mejor.
viernes, 8 de febrero de 2013
Casarse con uno mismo
Una de las cosas más fundamentales de la vida, creo, es ser fiel a uno/ a misma/o. No sé si tenemos bien interiorizado el concepto o simplemente actuamos por programación automática y genética, pero creo que es lo que nos ata con una delgada cuerda al verdadero sentido de la vida.
Eso sí, hay muchas trampas para dejar de ser uno mismo y convertirse en un lerdo disfrazado para complacer a otros. Conoces a gente y hablas y te escuchas repitiendo frases que no sabes muy bien ni por qué las dices, si salen de tu esencia o es la receta para hacer salsa boloñesa que alguien te explicó una vez y no sabes ni por qué conoces.
¿Eres tú, es el alcohol o es tu madre hablando de lo que es realmente conveniente en la vida? ¿Vale la pena venderse por unas horas? ¿Existen humanos capaces de bucear en tu pozo cristalino o simplemente son desatascadores de alcantarillas estándar? Todavía me lo pregunto.
Intentas hablar de temas prosaicos, decir que sí y que no, y que podría ser mejor o peor. Pero en el fondo sé que me gustaría diseñar gabardinas para koalas, decidir si los salmones están sobrevalorados o simplemente dejar de hablar, tirarme al suelo y hacer la croqueta.
No sé ni de qué os quiero convencer con esto, lo que sé es que hay que huir del aburrimiento como de una granizada. Luego no digáis que no os avisé. Eso si, paciencia, velas encendidas y estar sentado en las barras adecuadas o en las paradas de autobuses correctas.
Eso sí, hay muchas trampas para dejar de ser uno mismo y convertirse en un lerdo disfrazado para complacer a otros. Conoces a gente y hablas y te escuchas repitiendo frases que no sabes muy bien ni por qué las dices, si salen de tu esencia o es la receta para hacer salsa boloñesa que alguien te explicó una vez y no sabes ni por qué conoces.
¿Eres tú, es el alcohol o es tu madre hablando de lo que es realmente conveniente en la vida? ¿Vale la pena venderse por unas horas? ¿Existen humanos capaces de bucear en tu pozo cristalino o simplemente son desatascadores de alcantarillas estándar? Todavía me lo pregunto.
Intentas hablar de temas prosaicos, decir que sí y que no, y que podría ser mejor o peor. Pero en el fondo sé que me gustaría diseñar gabardinas para koalas, decidir si los salmones están sobrevalorados o simplemente dejar de hablar, tirarme al suelo y hacer la croqueta.
No sé ni de qué os quiero convencer con esto, lo que sé es que hay que huir del aburrimiento como de una granizada. Luego no digáis que no os avisé. Eso si, paciencia, velas encendidas y estar sentado en las barras adecuadas o en las paradas de autobuses correctas.
lunes, 21 de enero de 2013
Mejor que el yeti
Miro por la ventana. Nieve, ventisca; ni los cuervos se atreven a volar. La pesadilla climatológica de cualquier persona sensible a la luz.
Decido que me la pela todo, que no voy a sucumbir al tiempo ni voy a estar soñando con las playas de Torremolinos, que es el topicazo hispánico mayor. Así como la llantina generalizada de los expatriados lamentándose por las esquinas soñando con chorizo de Pamplona, cuando todo lo que encuentran al paso son cuatro salchichas mal fermentadas de cerdo rosa.
Me niego a engordar esa lista. Es cierto que hay delicias nacionales que merecerían estar protegidas por la UNESCO, pero la vida es algo más que aceite de oliva, ¿no?
Es leer la portada de El País, y como que me dan ganas de despelotarme y salir corriendo de mi casa, cruzar el parque y gritar con las amígdalas bien abiertas: ¡que os den, majaderos! Oficinistas y burócratas envenenados de poder campan a sus anchas por despachos cubiertos de caoba. El país se va a quedar expoliado de gente sensible, incapaz de aguantar vuestras sandeces.
Desde mi cama nórdica, he visto un bloque gris cubriendo la ventana. Ni me he inmutado.
Me he arrastrado hasta mi ropa fría, me he cubierto de lana y palante.
Lo dicho, siempre hay un nicho de felicidad alejado de la prima de riesgo y el sol de invierno.
Decido que me la pela todo, que no voy a sucumbir al tiempo ni voy a estar soñando con las playas de Torremolinos, que es el topicazo hispánico mayor. Así como la llantina generalizada de los expatriados lamentándose por las esquinas soñando con chorizo de Pamplona, cuando todo lo que encuentran al paso son cuatro salchichas mal fermentadas de cerdo rosa.
Me niego a engordar esa lista. Es cierto que hay delicias nacionales que merecerían estar protegidas por la UNESCO, pero la vida es algo más que aceite de oliva, ¿no?
Es leer la portada de El País, y como que me dan ganas de despelotarme y salir corriendo de mi casa, cruzar el parque y gritar con las amígdalas bien abiertas: ¡que os den, majaderos! Oficinistas y burócratas envenenados de poder campan a sus anchas por despachos cubiertos de caoba. El país se va a quedar expoliado de gente sensible, incapaz de aguantar vuestras sandeces.
Desde mi cama nórdica, he visto un bloque gris cubriendo la ventana. Ni me he inmutado.
Me he arrastrado hasta mi ropa fría, me he cubierto de lana y palante.
Lo dicho, siempre hay un nicho de felicidad alejado de la prima de riesgo y el sol de invierno.
miércoles, 16 de enero de 2013
Humanismos
Por mucho que te empeñes ahí está. Esa nuez en el pecho atascada. A mí se me pone ahí. Comes un cuadradito de chocolate. Parece que la feniletilamina surge efecto por 8 minutos. El cielo plomizo y eternamente atascado se encarga de recordarte que es invierno, que hace frío, que tienes sueño y hambre aunque técnicamente sea imposible. Y que mejor que te inventes algo para matar al tiempo, o el tiempo te matará a ti.
Tic tac. Me pregunto cómo lo hacían en el año 1564. Aburridísimos. Y ahora es más o menos lo mismo. Pero con maquinitas. Intercambias cuatro mensajes aparentemente humanos para llegar a la conclusión de que estás igual o peor. Tus manos tocan tus manos y el plato está vacío. Consuelo instantáneo, como las malas sopas químicas. Bienestar pasajero, para fijar de nuevo tu mirada en la ventana y ver que el invierno se cierne como un menhir.
Quién te mandaría tener sueños excéntricos y refugiarte en las colinas nórdicas. Si nuestro adn rebosa de termómetros atorados de mercurio. Pero el calor ya no es suficiente, hay que explorar algo más. Tiene que haber ago más allá de la tostada con aceite conocida. De la celebrada brisa mediterránea. Me meto en la cama y viajo a 1564 por vía mental. Una mujer sin sujetador me mira con parsimonia. Está igual que yo, pero en su cabeza no hay facturas de gas ni emoticonos. Mejor.
Tic tac. Me pregunto cómo lo hacían en el año 1564. Aburridísimos. Y ahora es más o menos lo mismo. Pero con maquinitas. Intercambias cuatro mensajes aparentemente humanos para llegar a la conclusión de que estás igual o peor. Tus manos tocan tus manos y el plato está vacío. Consuelo instantáneo, como las malas sopas químicas. Bienestar pasajero, para fijar de nuevo tu mirada en la ventana y ver que el invierno se cierne como un menhir.
Quién te mandaría tener sueños excéntricos y refugiarte en las colinas nórdicas. Si nuestro adn rebosa de termómetros atorados de mercurio. Pero el calor ya no es suficiente, hay que explorar algo más. Tiene que haber ago más allá de la tostada con aceite conocida. De la celebrada brisa mediterránea. Me meto en la cama y viajo a 1564 por vía mental. Una mujer sin sujetador me mira con parsimonia. Está igual que yo, pero en su cabeza no hay facturas de gas ni emoticonos. Mejor.
lunes, 14 de enero de 2013
Estado existencial
A veces es difícil desprenderse de esa parte de arriba cubierta de gris y pliegues, que se encarga de emitir pensamientos non stop.
Muchas veces pienso que sería mejor ser un oso panda, preocupada exclusivamente por mis mini pandas y otros amigos del bosque oriental, recolectar bambú tierno y aparcar mi trasero de panda en algún rincón medianamente agradable.
También me tranquiliza pensar que el hombre, desde que es consciente, siempre ha pasado por esos estadios de alta sensibilidad. Me imagino un señor feudal cubierto de anillos y rodeado de corderos asados con el corazón encogido como una esponja, sin razón aparente. O una mujer prehistórica observando un fuego menguante, perdida en su sombra alargada.
Es el precio de sentir, de estar conectados con la vida.
Me he puesto una película pastelosa con Ashton Kutchner incluido, donde la mejor frase decía algo así como que las cosas nunca suceden como planeamos, en especial los episodios de amor.
Ya me puedo ir a dormir más tranquila, pensando que soy un fideo más anárquicos en esta sopa de caos y albondiguillas. Esperemos caer en el plato adecuado.
Me estiraré en mi catre de panda, esta vez sin masticar bambú. Y soñaré con prados prehistóricos llenos de mamuts a la carrera, una versión libre de este decorado donde nos han colocado.
Muchas veces pienso que sería mejor ser un oso panda, preocupada exclusivamente por mis mini pandas y otros amigos del bosque oriental, recolectar bambú tierno y aparcar mi trasero de panda en algún rincón medianamente agradable.
También me tranquiliza pensar que el hombre, desde que es consciente, siempre ha pasado por esos estadios de alta sensibilidad. Me imagino un señor feudal cubierto de anillos y rodeado de corderos asados con el corazón encogido como una esponja, sin razón aparente. O una mujer prehistórica observando un fuego menguante, perdida en su sombra alargada.
Es el precio de sentir, de estar conectados con la vida.
Me he puesto una película pastelosa con Ashton Kutchner incluido, donde la mejor frase decía algo así como que las cosas nunca suceden como planeamos, en especial los episodios de amor.
Ya me puedo ir a dormir más tranquila, pensando que soy un fideo más anárquicos en esta sopa de caos y albondiguillas. Esperemos caer en el plato adecuado.
Me estiraré en mi catre de panda, esta vez sin masticar bambú. Y soñaré con prados prehistóricos llenos de mamuts a la carrera, una versión libre de este decorado donde nos han colocado.
jueves, 10 de enero de 2013
El año maya nos saluda
Yo no sé si estaban liados los mayas poniendo unas pirámides por aquí, preparando un guacamole por allá, pero parece que hemos sobrevivido al supuesto fin del mundo y a sus apocalípticas predicciones. La verdad es que aunque el concepto mundo siga en pie, creo que está pasando por horas bajas. Todo parece una gran babosa que se mueve silenciosa, destruyendo campos de amapolas. Y solo nos queda hacer cuatro fotos con el móvil y colgarlas en el patio de vecinos online de turno.
Total, que todo muy bien. La familia tan disfuncional como siempre y yo viviendo bajo la premisa de una vida de farolillos y libertad. Es más, es maravilloso volver a tu ciudad como turista. Parece que todo brilla más, eres una persona más interesante o quizás emanas un aura de exotismo donde no entran conceptos como lejía o rutina.
El caso es que incluso se liga más. Extraño y a la vez interesante.
Vas a las discotecas y todo parece emocionante, porque es una discoteca nueva en tu cabeza, con música atronadora y luces perfectas, y tu debes parecer nueva, porque la gente habla o quizás hablas tú, porque te parece todo bien y total, en unos días desapareces del mapa.
Todo se reviste de una novedosa intensidad, como si la vida se acabara esa misma noche. Y está bien vivir así unos días, reconectada a cada segundo del calendario, saboreando hasta la última aceituna del Martini.
Mensaje: vivir. Propuesta: hacerlo.
Total, que todo muy bien. La familia tan disfuncional como siempre y yo viviendo bajo la premisa de una vida de farolillos y libertad. Es más, es maravilloso volver a tu ciudad como turista. Parece que todo brilla más, eres una persona más interesante o quizás emanas un aura de exotismo donde no entran conceptos como lejía o rutina.
El caso es que incluso se liga más. Extraño y a la vez interesante.
Vas a las discotecas y todo parece emocionante, porque es una discoteca nueva en tu cabeza, con música atronadora y luces perfectas, y tu debes parecer nueva, porque la gente habla o quizás hablas tú, porque te parece todo bien y total, en unos días desapareces del mapa.
Todo se reviste de una novedosa intensidad, como si la vida se acabara esa misma noche. Y está bien vivir así unos días, reconectada a cada segundo del calendario, saboreando hasta la última aceituna del Martini.
Mensaje: vivir. Propuesta: hacerlo.
sábado, 1 de diciembre de 2012
No hemos venido a esto
Ausencias y presencias, llegadas con orquesta gitana de fondo o absoluta invisibilidad. Siempre nos debatimos entre opuestos imposibles de conciliar para entender qué pintamos en este decorado donde nos han dejado a la aventura.
Principalmente hemos venido a reproducirnos y bajo este paraguas conceptual, entraría la idea de diversión. Eso está en las antípodas del Gran Aburrimiento, un concepto que muchos tratan de implantar a cualquier precio, a veces por desconocimiento, otras por exceso de miedo, alcohol y frases repetidas de emails en cadena soporíferos.
Las noches de los viernes y sábados y por extensión la del resto de la semana han sido diseñadas para que nos mezclemos con otros conejos solitarios de la fábula y corramos de madriguera en madrigura entre risas y faldas. No para jugar al quién es quién, soy de Noruega, yo de Orihuela, a mí me gustan las guindillas, yo soy más de croquetas de pollo.
No me interesa más. Mis bases de datos rebosan de datos aleatorios sin aparente conexión que distan del calor humano.
Me pregunto por qué la gente se refugia en la palabra para acercarse a los demás. Ya sé que estan salen de la boca como una ristra de chorizos, pero es que siempre te ofrecen el mismo, que sabe a corcho.
Propuesta de la semana: acercarse a un extraño, soltarle cuatro frescas hasta conseguir cuatro risas. Y luego, sobre la marcha...
Principalmente hemos venido a reproducirnos y bajo este paraguas conceptual, entraría la idea de diversión. Eso está en las antípodas del Gran Aburrimiento, un concepto que muchos tratan de implantar a cualquier precio, a veces por desconocimiento, otras por exceso de miedo, alcohol y frases repetidas de emails en cadena soporíferos.
Las noches de los viernes y sábados y por extensión la del resto de la semana han sido diseñadas para que nos mezclemos con otros conejos solitarios de la fábula y corramos de madriguera en madrigura entre risas y faldas. No para jugar al quién es quién, soy de Noruega, yo de Orihuela, a mí me gustan las guindillas, yo soy más de croquetas de pollo.
No me interesa más. Mis bases de datos rebosan de datos aleatorios sin aparente conexión que distan del calor humano.
Me pregunto por qué la gente se refugia en la palabra para acercarse a los demás. Ya sé que estan salen de la boca como una ristra de chorizos, pero es que siempre te ofrecen el mismo, que sabe a corcho.
Propuesta de la semana: acercarse a un extraño, soltarle cuatro frescas hasta conseguir cuatro risas. Y luego, sobre la marcha...
lunes, 5 de noviembre de 2012
El arte de divertirse
Una no valora lo que tiene hasta perderlo. Un pensamiento que ha pasado a la categoría de clásico entre los clásicos. Aplicado al contexto festivo, se puede decir que en el Mediterráneo una sabe cómo pasárselo bien. Atribúyase el mérito al mar, los vinos o simplemente la brisa de nuestros cuatro árboles pelados.
El viernes fui egregia invitada a otra fiesta. En esta ocasión no me cuestioné si la música era buena o mala ni sufrí ningún tipo de atropello. Simplemente me aburrí.
Aquí las fiestas se entienden como sentarse en el sofá y hablar. Y meterse entre pecho y espalda muchas cervezas que te llevan a hacer cola en baños ajenos y entablar conversaciones delante de inmaculadas puertas cerradas con otros bebedores de bufeta incontinente.
Ays. Y si necesitábamos más elementos de terror, aquí los tenemos: decenas (literal) de bolsas de palomitas, patatas de diferentes gustos y pelajes, madalenas, dulces de diferentes formas rebosantes de calorías y gominolas. Me empacho con sólo recordarlo.
Como puntos a favor me enteré que la capital de Taiwan es Taipei, que los taiwaneses son sumisos como los japoneses, que hay un 3% de paro en Edinburgo y que a las 8,45 los supermercados de la calle Nicholson liquidan la sección de bollería, reduciendo los precios a la mitad.
Así que si un día os invitan a una fiesta y parece una reunión de venta de tupperwares, no os asustéis. Seguro que acabáis empachados de azúcar y ampliáis vuestros límites geográficos y mentales.
El viernes fui egregia invitada a otra fiesta. En esta ocasión no me cuestioné si la música era buena o mala ni sufrí ningún tipo de atropello. Simplemente me aburrí.
Aquí las fiestas se entienden como sentarse en el sofá y hablar. Y meterse entre pecho y espalda muchas cervezas que te llevan a hacer cola en baños ajenos y entablar conversaciones delante de inmaculadas puertas cerradas con otros bebedores de bufeta incontinente.
Ays. Y si necesitábamos más elementos de terror, aquí los tenemos: decenas (literal) de bolsas de palomitas, patatas de diferentes gustos y pelajes, madalenas, dulces de diferentes formas rebosantes de calorías y gominolas. Me empacho con sólo recordarlo.
Como puntos a favor me enteré que la capital de Taiwan es Taipei, que los taiwaneses son sumisos como los japoneses, que hay un 3% de paro en Edinburgo y que a las 8,45 los supermercados de la calle Nicholson liquidan la sección de bollería, reduciendo los precios a la mitad.
Así que si un día os invitan a una fiesta y parece una reunión de venta de tupperwares, no os asustéis. Seguro que acabáis empachados de azúcar y ampliáis vuestros límites geográficos y mentales.
sábado, 27 de octubre de 2012
Fiestas que no convencen
Yo y mi resaca nos disponemos a narrar la epopeya que supone hoy en día ir a fiestas. Sales de casa con la idea de claro, tengo que divertirme, me he pasado la semana encerrada entre fluorescentes y aire enranciado, necesitado de renovación. Necesito hablar con otros humanos y olvidar por unas horas mi lista de obligaciones.
Te vistes, te peinas, entiendes la calle donde vas a ir a parar y empiezas a canturrear por la calle.
Ding dong, entregas tu vino ceremoniosamente al anfitrión y ves que hay tres personas más aguantando la pared de la cocina (qué manía con reunirse siempre allí, como si fuera algo exótico) y tú. Empezamos bien. Carencia de baile, exceso de conversación. Error.
A mí no me convences con anécdotas sobre la extinción del papagayo. A mí me muestras hechos: cómo levantas las piernas y haces movimientos dignos de un acróbata chino. Ahí vamos bien.
Esto no estaba pasando. Me presento al grupo, que si artistas y doctores en Física. No hay escapatoria, intento ofrecerme de dj para salvar la noche.
Lo que empezó siendo un éxito acabó en profunda indignación. El famoso anfitrión me dijo literalmente "En mi casa nada de Aabba ni Pet Shop Boys. Es mi fiesta y es mi casa".
Le miro sin parpadear y le contesto que entonces no me invite a sus fiestas.
Desaparezco entre la muchedumbre (las horas pasan y llega más gente) y me cago en todo. Animada por el vino regreso al salón y le digo que si la gente no baila es que algo no funciona. Esto es como lo de "Hago películas para mí". Entonces te las pones en el water de tu casa y no nos torturas.
Moraleja: si en una fiesta no ponen Abba, esfúmate.
Te vistes, te peinas, entiendes la calle donde vas a ir a parar y empiezas a canturrear por la calle.
Ding dong, entregas tu vino ceremoniosamente al anfitrión y ves que hay tres personas más aguantando la pared de la cocina (qué manía con reunirse siempre allí, como si fuera algo exótico) y tú. Empezamos bien. Carencia de baile, exceso de conversación. Error.
A mí no me convences con anécdotas sobre la extinción del papagayo. A mí me muestras hechos: cómo levantas las piernas y haces movimientos dignos de un acróbata chino. Ahí vamos bien.
Esto no estaba pasando. Me presento al grupo, que si artistas y doctores en Física. No hay escapatoria, intento ofrecerme de dj para salvar la noche.
Lo que empezó siendo un éxito acabó en profunda indignación. El famoso anfitrión me dijo literalmente "En mi casa nada de Aabba ni Pet Shop Boys. Es mi fiesta y es mi casa".
Le miro sin parpadear y le contesto que entonces no me invite a sus fiestas.
Desaparezco entre la muchedumbre (las horas pasan y llega más gente) y me cago en todo. Animada por el vino regreso al salón y le digo que si la gente no baila es que algo no funciona. Esto es como lo de "Hago películas para mí". Entonces te las pones en el water de tu casa y no nos torturas.
Moraleja: si en una fiesta no ponen Abba, esfúmate.
miércoles, 24 de octubre de 2012
La especulación me cansa
Ahora que vivo algunos kilómetros más al norte de donde solía vivir, a parte de pedir el café en otro idioma y descubrir la pasión colectiva que hay aquí por llenar las tazas de espuma, con lo que el café con leche tiene el mismo valor nutritivo que un bistec, he desaprendido a hacer la compra.
Sin ir más lejos, ante elegía los huevos en 20 segundos. Ahora, tengo que leerme unas 10 cajas de huevos hasta elegir el mal menor: huevos aparentemente criados en semi libertad. Vaya, que las gallinas no se desmontan como he visto en algunos documentales.
Dicen que en la variedad está el gusto, pero es mi pregunta es: ¿hace falta tanta variedad? 6 tipos de leche, 10 tipos de patatas, una estantería llena de cereales (suerte que la comida de perro está en otro lugar, si no podría caer fácilmente en la trampa).
Confusión. Mucha. Y encima esa bonita costumbre de hacer la compra con auriculares, con lo que el supermercado está lleno de zombies a ritmos silenciosos de house o folk que se debaten entre mantequilla con sal o queso con arándanos. Todo es elegible. Todo, todo. Incluso si quieres bolsa, tarjeta de fidelidad o el ticket en papel.
Quiero que me hagan la cena y esa opción no está disponible. Los maquiavélicos directores de márketing en el fondo no saben lo que realmente necesitamos.
Sin ir más lejos, ante elegía los huevos en 20 segundos. Ahora, tengo que leerme unas 10 cajas de huevos hasta elegir el mal menor: huevos aparentemente criados en semi libertad. Vaya, que las gallinas no se desmontan como he visto en algunos documentales.
Dicen que en la variedad está el gusto, pero es mi pregunta es: ¿hace falta tanta variedad? 6 tipos de leche, 10 tipos de patatas, una estantería llena de cereales (suerte que la comida de perro está en otro lugar, si no podría caer fácilmente en la trampa).
Confusión. Mucha. Y encima esa bonita costumbre de hacer la compra con auriculares, con lo que el supermercado está lleno de zombies a ritmos silenciosos de house o folk que se debaten entre mantequilla con sal o queso con arándanos. Todo es elegible. Todo, todo. Incluso si quieres bolsa, tarjeta de fidelidad o el ticket en papel.
Quiero que me hagan la cena y esa opción no está disponible. Los maquiavélicos directores de márketing en el fondo no saben lo que realmente necesitamos.
domingo, 21 de octubre de 2012
Carencias y paisajes
Es un día soleado y sin embargo noto el clásico vacío en la zona del esternón. ¿Ahora qué mosca me pica en concreto? Intentas pensar que si esto o aquello, quizás un poco de cafeína, un mordisco de chocolate o algún otro remedio capitalista podría llenar ese hueco intercelular. Pero no se te ocurre ningún tipo de tirita para ese río de tinta hacia el corazón.
Decides seguir con tu día y aligerarlo con la famosa toma de perspectiva. Entonces me vuelco en la gente de la calle, ese estupendo espectáculo gratuito fuente de evasión.
Veo a unas 8 personas cargadas con bolsas consultando su futuro en sus teléfonos móviles. Aburrido y previsible. Virgencita, que no acaben con sus cuerpos recubiertos de moda en el hospital más cercano con algún hueso dislocado.
Mi espacio vital es avasallado por una mujer con mirada desencajada empujando un carrito con dos niños tamaño familiar mientras analiza con avidez un vestido de fiesta del escaparate donde estoy apoyada. Se confirma que todos queremos lo que no tenemos.
Y así observo como la gente, confundida como palomitas en una enorme sartén, van de aquí para allí, cargando zapatos, observando pantallas y consumiendo el tiempo.
Sin darme cuenta, la presión desaparece de mi pecho y empiezo a notar el efecto de los rayos solares. Y decido comprarme un gorro de avidor Made in China, porque todo es Made in China hoy en día y no hay solución. En fin, cuidado con China y sus productos imposibles.
Decides seguir con tu día y aligerarlo con la famosa toma de perspectiva. Entonces me vuelco en la gente de la calle, ese estupendo espectáculo gratuito fuente de evasión.
Veo a unas 8 personas cargadas con bolsas consultando su futuro en sus teléfonos móviles. Aburrido y previsible. Virgencita, que no acaben con sus cuerpos recubiertos de moda en el hospital más cercano con algún hueso dislocado.
Mi espacio vital es avasallado por una mujer con mirada desencajada empujando un carrito con dos niños tamaño familiar mientras analiza con avidez un vestido de fiesta del escaparate donde estoy apoyada. Se confirma que todos queremos lo que no tenemos.
Y así observo como la gente, confundida como palomitas en una enorme sartén, van de aquí para allí, cargando zapatos, observando pantallas y consumiendo el tiempo.
Sin darme cuenta, la presión desaparece de mi pecho y empiezo a notar el efecto de los rayos solares. Y decido comprarme un gorro de avidor Made in China, porque todo es Made in China hoy en día y no hay solución. En fin, cuidado con China y sus productos imposibles.
lunes, 17 de septiembre de 2012
La vida se esconde en las cafeterías
Estoy tomándome el café iniciador-redentor del día en mi cafetería de hipsters habitual. ¿Por qué voy allí si en el fondo aborrezco los gestos absurdos y las modas peregrinas? No lo sé muy bien. Sólo sé que los camareros está buenorros, sonríen y parece que les importas por unos breves 14 segundos, el tiempo medio que tardan en transportarte tu recién fabricado latte de detrás de la barra a tu mesa.
Una mesa por cierto encontrada en algún contenedor de barrio de clase alta, algo desvencijada pero siempre estética, y con cuatro patas, algo bastante fundamental.
Es curiosa la trama improvisada que se urde aquí cada día. Como buena mediterránea, yo me pego a la cristalera, por donde entra la luz y se acumula un calorcito digno de Cádiz. Desde esta atalaya, miro a las jovencitas parapetadas en sus macs, con gesto concentrado, no sé si comprando acciones, mirando las últimas tendencias en gafas de la tercera edad o bien viendo vídeos picantes, fruto de su contacto visual con los camareros apolíneos.
Van vestidas aparentemente de cualquier manera, pero eso es una teoría incierta. Yo veo mucho trabajo internáutico detrás de esa pose descuidada pero profesional.
También hay hombres de 40 años que se comportan como las de 20, siempre vestidos como si un incendio se hubiese declarado espontáneamente esta mañana en su habitación, pero con la seguridad de que su combinación va a ser un bomazo estético.
Yo ya me he acabado mi café y voy a iniciar mi peregrinaje hacia el frío exterior. Pero voy confiada: hoy me han dibujado un corazón en la espuma del carísimo café. BIEN.
Una mesa por cierto encontrada en algún contenedor de barrio de clase alta, algo desvencijada pero siempre estética, y con cuatro patas, algo bastante fundamental.
Es curiosa la trama improvisada que se urde aquí cada día. Como buena mediterránea, yo me pego a la cristalera, por donde entra la luz y se acumula un calorcito digno de Cádiz. Desde esta atalaya, miro a las jovencitas parapetadas en sus macs, con gesto concentrado, no sé si comprando acciones, mirando las últimas tendencias en gafas de la tercera edad o bien viendo vídeos picantes, fruto de su contacto visual con los camareros apolíneos.
Van vestidas aparentemente de cualquier manera, pero eso es una teoría incierta. Yo veo mucho trabajo internáutico detrás de esa pose descuidada pero profesional.
También hay hombres de 40 años que se comportan como las de 20, siempre vestidos como si un incendio se hubiese declarado espontáneamente esta mañana en su habitación, pero con la seguridad de que su combinación va a ser un bomazo estético.
Yo ya me he acabado mi café y voy a iniciar mi peregrinaje hacia el frío exterior. Pero voy confiada: hoy me han dibujado un corazón en la espuma del carísimo café. BIEN.
viernes, 7 de septiembre de 2012
Yo procastino, tú procastinas
Amigos y desconocidos,
La tierra no me había succionado en un tremendo vórtex, junto a banqueros y gentes de baja estofa, nuestro sueño colectivo. Pas ça.
Es que el verano es muy perro, y esos solazos en la cara, luego la humedad, sudar por lugares inverosímiles, que contrariamente a lo que uno piensa, secretan agua y minerales... La ropa pegada al cuerpo, la tensión por los suelos y la capacidad de decisión totalmente anulada. Solo se visualizan duchas y playas al atardecer.
Vamos, que sólo con un cebo del estilo de una cerveza fría una mueve el culo.
Y como últimamente estuve hospedada en casa de mi madre, más que darme cervezas, la mujer me ofrecía bistecs y ese tipo de cosas que dan las madres, con lo que el rendimiento literario ha sido bajo.
Luego también he tenido altos: en lectura y edición de vídeo. Sí señor, a pesar de las temperaturas dignas de un hamam intensivo y permanente, he conseguido acabar mi tercer documental.
Tendría que haber hecho un tráiler promocional ahora que lo pienso, pero mi agente de márketing, o sea yo misma, va resolviendo necesidades sobre la marcha.
Tengo que venderme yo, lo que escribo, lo que pienso y lo que sueño. ¿Por qué todo es vendible y mercadeable? ¿Podemos vivir todavía con cierta laxitud, sin peinarnos y sin tratar de convencer a todos que somos lo más? Ya tenéis un tema más en que pensar.
Y después de este monólogo, voy a encararme a mis pequeñas tareas. Pequeños gigantes de piedra que esperan ser desnudados. Voy a sacaros la camiseta de un tirón. Ahora.
La tierra no me había succionado en un tremendo vórtex, junto a banqueros y gentes de baja estofa, nuestro sueño colectivo. Pas ça.
Es que el verano es muy perro, y esos solazos en la cara, luego la humedad, sudar por lugares inverosímiles, que contrariamente a lo que uno piensa, secretan agua y minerales... La ropa pegada al cuerpo, la tensión por los suelos y la capacidad de decisión totalmente anulada. Solo se visualizan duchas y playas al atardecer.
Vamos, que sólo con un cebo del estilo de una cerveza fría una mueve el culo.
Y como últimamente estuve hospedada en casa de mi madre, más que darme cervezas, la mujer me ofrecía bistecs y ese tipo de cosas que dan las madres, con lo que el rendimiento literario ha sido bajo.
Luego también he tenido altos: en lectura y edición de vídeo. Sí señor, a pesar de las temperaturas dignas de un hamam intensivo y permanente, he conseguido acabar mi tercer documental.
Tendría que haber hecho un tráiler promocional ahora que lo pienso, pero mi agente de márketing, o sea yo misma, va resolviendo necesidades sobre la marcha.
Tengo que venderme yo, lo que escribo, lo que pienso y lo que sueño. ¿Por qué todo es vendible y mercadeable? ¿Podemos vivir todavía con cierta laxitud, sin peinarnos y sin tratar de convencer a todos que somos lo más? Ya tenéis un tema más en que pensar.
Y después de este monólogo, voy a encararme a mis pequeñas tareas. Pequeños gigantes de piedra que esperan ser desnudados. Voy a sacaros la camiseta de un tirón. Ahora.
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filosofía de bar,
ideas de superviviencia
jueves, 12 de julio de 2012
La ciudad de nadie
Todos sabemos a estas alturas que Barcelona está vendida y que incluso nosotros formamos parte de este parte temático. El difunto gorila Copito de Nieve se sentiría más normal que el resto de los ciudadanos, figurantes de una tragicomedia involuntaria.
Paralelamente a esta triste realidad llena de vinilos que escupen paellas baratas y experiencias culinarias Mediterráneas a base de aceite de colza, me doy cuenta que esta ciudad ha sido también privada de su energía.
Donde antes había algo de desparpajo, ahora solo se ven caras de cansancio, atribuido a varias causas, desde el calor, a los sueldos de chiste, pasando por una vida sexual similar a la de Santa Teresa de Jesús. En fin, que da pena ir por la calle.
Supongo que como hoy me siento existencial, todo lo veo así. Al ritmo que la vida despacha noticias restrictivas, cada vez eso que se llama alegría de vivir o ilusión, va menguando, hasta alcanzar el tamaño de la uña pequeña de un pie de bebé. O sea, casi desaparece, con lo que la gente es ya entonces carne apilada con determinadas necesidades físicas.
Quiero pensar que ante tanta presión exterior, floreceremos por dentro, como hermosos jardines tropicales. O quizás nuestro corazón se vuelva una hermética piedra pómez.
Sólo sé que si ahora me preguntan si aquí se batían palmas y se llenaban pistas de baile, los mandaría hacia Lima, donde testimonios anónimos aseguran que allí todavía brindan por algo.
Paralelamente a esta triste realidad llena de vinilos que escupen paellas baratas y experiencias culinarias Mediterráneas a base de aceite de colza, me doy cuenta que esta ciudad ha sido también privada de su energía.
Donde antes había algo de desparpajo, ahora solo se ven caras de cansancio, atribuido a varias causas, desde el calor, a los sueldos de chiste, pasando por una vida sexual similar a la de Santa Teresa de Jesús. En fin, que da pena ir por la calle.
Supongo que como hoy me siento existencial, todo lo veo así. Al ritmo que la vida despacha noticias restrictivas, cada vez eso que se llama alegría de vivir o ilusión, va menguando, hasta alcanzar el tamaño de la uña pequeña de un pie de bebé. O sea, casi desaparece, con lo que la gente es ya entonces carne apilada con determinadas necesidades físicas.
Quiero pensar que ante tanta presión exterior, floreceremos por dentro, como hermosos jardines tropicales. O quizás nuestro corazón se vuelva una hermética piedra pómez.
Sólo sé que si ahora me preguntan si aquí se batían palmas y se llenaban pistas de baile, los mandaría hacia Lima, donde testimonios anónimos aseguran que allí todavía brindan por algo.
martes, 10 de julio de 2012
Cuando seamos momias
Ha llegado a mis manos una tediosa carta de esas que implican ir a pagar recibos al banco. Tenía varias opciones, una de ellas era al Banco Santander para solucionar el entuerto. Me he encaminado hacia allí con resignación, pues intento evitar este tipo de establecimientos. Son puticlubs con atrezzo de casa de cambio.
De entrada, hay unos detectores de metales que parten de la base que llevas bragas de cota de malla y un par de kalashnikovs metidos en el bolso. Lo he dejado todo en la taquilla, solo me quedaba meterme dentro a mí también.
"Buenos días, vengo a pagar este recibo". El banco estaba desierto, solo había una mesa ocupada con dos seres quijotescos. El uno haciéndole la pelota al otro por ser un cliente adinerado. Hasta le ha abierto una puerta especial para que saliese de allí, evitando el vergonzante detector de metales.
La cajera me indica que estamos fuera de horas y que no puede ser. Dejo el lugar entre arcadas y "Jesusito de mi vida, mantenme lejos de estos lúgrubes parajes".
Parece que si tienes dinero y cuenta en todos los lugares imaginables la vida es más fácil. Si no, te vas a correos y te desayunas 40 minutos de cola, estilo Rusia comunista, que es lo que me ha tocado hacer.
En mi espera, he visualizado muchas momias mezcladas con gallinas, esperando en bancos, estampando recibos, pasando el tiempo invisiblemente. Y he pensado, al menos los pescadores sienten la brisa del mar en la cara. Paciencia y evasión, a partes iguales.
De entrada, hay unos detectores de metales que parten de la base que llevas bragas de cota de malla y un par de kalashnikovs metidos en el bolso. Lo he dejado todo en la taquilla, solo me quedaba meterme dentro a mí también.
"Buenos días, vengo a pagar este recibo". El banco estaba desierto, solo había una mesa ocupada con dos seres quijotescos. El uno haciéndole la pelota al otro por ser un cliente adinerado. Hasta le ha abierto una puerta especial para que saliese de allí, evitando el vergonzante detector de metales.
La cajera me indica que estamos fuera de horas y que no puede ser. Dejo el lugar entre arcadas y "Jesusito de mi vida, mantenme lejos de estos lúgrubes parajes".
Parece que si tienes dinero y cuenta en todos los lugares imaginables la vida es más fácil. Si no, te vas a correos y te desayunas 40 minutos de cola, estilo Rusia comunista, que es lo que me ha tocado hacer.
En mi espera, he visualizado muchas momias mezcladas con gallinas, esperando en bancos, estampando recibos, pasando el tiempo invisiblemente. Y he pensado, al menos los pescadores sienten la brisa del mar en la cara. Paciencia y evasión, a partes iguales.
miércoles, 4 de julio de 2012
El factor humano
La situación actual navega entre el caos y el delirio. Lo máximo que uno puede aspirar es ser un aplicado grumete tocado con gorrito rojo que procura mantenerse en cubierta, a pesar de los constantes embates y severo mar de fondo.
Y así, en esta sopa de negatividad, me niego a convertirme en un vertido tóxico.
Es en los momentos más difíciles y oscuros que la linterna mágica que todos llevamos dentro brilla con una tímida intensidad desconocida, olvidada.
La crisis nos ha hecho a todos menos frívolos. Supongo que por necesidad. Igual soy yo que me he mistificado, pero parece que pasó la hora de los excesos. Ya no veo manadas de todoterrenos exultantes y metalizados, que recordaban la importancia del fajo de billetes debajo de la almohada y la necesidad de foie de canard en toda nevera nacional.
El filón italiano de ropa llena de strass, lycras escotadas y morenos de plancha, ha dejado paso a un estilo anodino, donde manda la discreción.
Parece que la gente ha devuelto el significado a disfrutar un minúsculo cortado en una terraza soleada. Los relojes macizos se revuelven en las casas de empeño para dejar lugar a muñecas liberadas, seguramente más independientes y sanas.
Y la nota humana del día la aporta el guardia de seguridad del Inem de calle Aragó. Me ha acompañado caballerosamente a la máquina de sellar la prestación y me ha deseado un feliz día de corazón, con sonrisa a prueba de uniformes.
Él es el apuntador invisible de estos días de cinturones apretados y siguiente por favor.
Y así, en esta sopa de negatividad, me niego a convertirme en un vertido tóxico.
Es en los momentos más difíciles y oscuros que la linterna mágica que todos llevamos dentro brilla con una tímida intensidad desconocida, olvidada.
La crisis nos ha hecho a todos menos frívolos. Supongo que por necesidad. Igual soy yo que me he mistificado, pero parece que pasó la hora de los excesos. Ya no veo manadas de todoterrenos exultantes y metalizados, que recordaban la importancia del fajo de billetes debajo de la almohada y la necesidad de foie de canard en toda nevera nacional.
El filón italiano de ropa llena de strass, lycras escotadas y morenos de plancha, ha dejado paso a un estilo anodino, donde manda la discreción.
Parece que la gente ha devuelto el significado a disfrutar un minúsculo cortado en una terraza soleada. Los relojes macizos se revuelven en las casas de empeño para dejar lugar a muñecas liberadas, seguramente más independientes y sanas.
Y la nota humana del día la aporta el guardia de seguridad del Inem de calle Aragó. Me ha acompañado caballerosamente a la máquina de sellar la prestación y me ha deseado un feliz día de corazón, con sonrisa a prueba de uniformes.
Él es el apuntador invisible de estos días de cinturones apretados y siguiente por favor.
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